Anders Opedal

Anders Opedal dirige Equinor desde 2020 y enfrenta el desafío de combinar seguridad energética, precios, producción de petróleo y gas y transición hacia tecnologías de menores emisiones.

En el otoño europeo de 2021, Anders Opedal empezó a mirar unos números que no terminaban de cerrar.

Era la época del año en que Europa suele llenar sus depósitos de gas para llegar preparada al invierno. Pero ese año algo no cerraba. Los niveles no subían al ritmo habitual y, desde Rusia, llegaba menos gas semana tras semana, sin demasiadas explicaciones.

Equinor no controlaba esos volúmenes. Solo podía mirar los datos de producción, importación y almacenamiento, y tratar de entender qué había detrás de esa señal.

Dentro de la compañía empezaron a discutirse distintas hipótesis. Tal vez era un problema técnico. Tal vez un mantenimiento más largo de lo previsto. Tal vez algún inconveniente operativo del lado ruso.

Opedal lo cuenta sin dramatismo: no lograron descifrarlo.

La respuesta llegó meses después. En febrero de 2022, con la invasión rusa de Ucrania, quedó claro que aquello que habían observado durante el otoño anterior no era solo una cuestión técnica.

En su caso, la escena tenía una ironía particular. Opedal es ingeniero y se había especializado, justamente, en acústica y procesamiento de señales. Estudió hidroacústica y geoacústica y, durante un tiempo, incluso pensó en dedicarse a la acústica médica y al ultrasonido.

Pero su carrera tomó otro rumbo.

Entró a Equinor en 1997 y desarrolló casi toda su vida profesional dentro de la compañía. Vive en Stavanger, una ciudad profundamente ligada a la industria petrolera noruega, y desde noviembre de 2020 ocupa la presidencia y el cargo de CEO.

Cuando empezó la guerra, la preocupación por el abastecimiento energético europeo dejó de ser una alarma técnica y pasó a ocupar el centro de la política mundial.

Desde distintos países de Europa y desde el Reino Unido empezaron a preguntarle a Equinor si podía aumentar la producción de gas.

La respuesta no era sencilla.

Opedal suele explicar que Equinor no funciona como algunos grandes productores de Medio Oriente, capaces de disponer de una capacidad adicional importante. Los campos noruegos ya estaban produciendo cerca de sus niveles máximos.

La alternativa fue buscar mejoras más pequeñas.

Cientos de ingenieros y operarios revisaron procesos y operaciones para encontrar lugares donde fuera posible sacar algo más de producción. Ninguna de esas mejoras por separado modificaba demasiado el panorama, pero la suma sí podía representar volúmenes relevantes.

Es una buena muestra del tamaño de la operación que hoy dirige.

El Estado noruego posee el 67% de Equinor. La compañía emplea a unas 24.000 personas, alrededor de 18.000 de ellas en Noruega, y produce cerca de 2,1 millones de barriles equivalentes de petróleo por día, repartidos aproximadamente en partes iguales entre petróleo y gas.

Prácticamente todo el gas que produce termina en Europa. Lo mismo ocurre con entre el 90% y el 95% de su petróleo.

Cuando buena parte del crudo ruso dejó de llegar al mercado europeo, las refinerías comenzaron a sustituirlo en parte con petróleo noruego, que además tiene características similares.

La guerra convirtió así a Equinor en una pieza todavía más importante para la seguridad energética europea.

Opedal suele volver a esos años cuando habla de cómo cambió el debate energético.

Según recuerda, en 2020 y 2021 buena parte de las conversaciones estaban concentradas en la sostenibilidad. La seguridad del abastecimiento y el precio de la energía recibían bastante menos atención.

La desaparición de buena parte del suministro ruso volvió a poner esos temas en primer plano.

Tampoco considera que Equinor haya sido simplemente una beneficiaria de la crisis. La compañía aumentó sus ingresos, pero también pagó mucho más en impuestos. En Noruega, las actividades de extracción de petróleo y gas están sujetas a una carga fiscal del 78%.

Al mismo tiempo, los precios elevados de la energía terminaron afectando el costo de vida de millones de personas.

Para Opedal, la experiencia dejó una idea bastante clara: una política energética no puede mirar solamente la sostenibilidad, la seguridad del suministro o el precio. Tiene que intentar sostener las tres cosas al mismo tiempo.

Ese equilibrio tampoco fue fácil de mantener dentro de Equinor.

En 2020, la compañía se había fijado como objetivo alcanzar entre 10 y 12 gigavatios de capacidad renovable para 2030, con una apuesta importante por la energía eólica marina.

Las condiciones cambiaron.

Actualmente tiene unos seis gigavatios en desarrollo y ya no espera llegar a aquella meta.

Opedal habla del tema sin demasiados rodeos. La competencia por las licencias encareció los proyectos y, en varias rondas, Equinor decidió no participar porque entendía que los números ya no cerraban.

El costo total de algunos proyectos aumentó cerca de 50%, en buena medida por el encarecimiento de las turbinas y otros componentes.

También señala que varios de los proyectos que ganaron aquellas licitaciones terminaron sin construirse. Algunas empresas habían ofrecido precios que después resultaron difíciles de sostener cuando cambiaron los costos.

Uno de los casos más visibles para Equinor ocurrió frente a la costa de Nueva York. El proyecto eólico que desarrollaba allí quedó frenado después de la llegada de la administración Trump y pudo continuar luego de una disputa judicial.

Ese tipo de situaciones explica otra de las preocupaciones habituales de Opedal: la falta de continuidad en las políticas energéticas.

Una inversión de esta escala necesita décadas.

Según explica, preparar un proyecto puede consumir prácticamente un ciclo electoral. Construirlo puede llevar otro y recuperar el capital invertido requiere varios más.

Si durante ese período cambian de manera drástica las reglas, muchos de los supuestos con los que se tomó la decisión inicial dejan de existir.

Por eso suele evitar entrar en discusiones partidarias. Cuando le preguntaron si esperaba un cambio de gobierno en el Reino Unido que pudiera facilitar algunos proyectos, respondió que no opina sobre qué gobierno debería ganar una elección en otro país.

Con el metano, la discusión es diferente.

Equinor registra emisiones de metano considerablemente inferiores al promedio de la industria. Opedal suele explicar que la razón no nació únicamente de una preocupación climática.

Una fuga de gas es también un problema de seguridad.

Durante décadas, la regulación noruega obligó a las compañías a medir incluso pérdidas pequeñas y a mantener un control bastante estricto sobre las instalaciones.

Al mismo tiempo, parte de la industria petrolera y gasífera comenzó a presionar en Bruselas para retrasar nuevas reglas europeas sobre emisiones de metano. La campaña recibió el nombre de Stop the Clock.

Cuando le preguntaron por esa posición, Opedal planteó una objeción técnica.

Según explicó, una versión inicial de la regulación podía obligar, en la práctica, a detener con mucha frecuencia las operaciones de la plataforma continental noruega para realizar determinadas mediciones.

Su argumento fue que una norma de ese tipo debía discutirse también con los ingenieros responsables de operar las instalaciones.

Durante la entrevista le señalaron que cuestionar aspectos técnicos de una regulación no era exactamente lo mismo que pedir que se retrasara su aplicación.

Opedal aceptó la diferencia y volvió sobre la necesidad de trabajar de manera conjunta entre reguladores y compañías. También dijo que le gustaría que otras empresas de la industria aplicaran estándares similares a los que Equinor utiliza para controlar sus propias emisiones.

El problema excede a la compañía noruega.

Según datos del Banco Mundial citados durante la conversación, el quemado rutinario de gas, una práctica que la industria se comprometió a reducir y finalmente eliminar, aumentó alrededor de 3% durante el último año.

Equinor también lleva años trabajando en otra tecnología que avanza bastante más lento de lo que esperaba: la captura y almacenamiento de carbono.

Noruega tiene décadas de experiencia almacenando dióxido de carbono bajo el lecho marino. A partir de ese conocimiento, Equinor desarrolló Northern Lights junto con Shell y TotalEnergies, con apoyo del Estado noruego.

El proyecto incluye distintas etapas, desde la captura de CO2 en instalaciones industriales hasta su transporte y almacenamiento permanente.

La infraestructura disponible permite pensar en volúmenes mucho mayores que los actuales.

La capacidad vinculada a estos desarrollos puede llegar a decenas de millones de toneladas anuales, pero hoy la utilización está muy por debajo de ese nivel.

Entre 2021 y 2023, cuenta Opedal, muchas empresas preguntaban si podrían tener sistemas de captura funcionando antes de 2030. Ese interés después perdió fuerza.

El problema, en buena medida, es económico.

Para que una industria pesada decida capturar su CO2, el costo de hacerlo tiene que ser competitivo frente al precio que paga por emitir carbono.

Según los cálculos que suele mencionar Opedal, ese precio debería acercarse a los 200 euros por tonelada para que muchos proyectos tengan sentido económico sin depender de subsidios adicionales.

Actualmente está bastante por debajo de ese nivel.

Esa diferencia ayuda a explicar por qué una tecnología que existe desde hace años todavía no se despliega con la velocidad que muchos esperaban.

Cuando le preguntan por el tipo de liderazgo que exige este momento, Opedal suele hablar menos de tomar grandes riesgos que de sostener decisiones durante períodos difíciles.

En sus primeros cinco años como CEO tuvo que atravesar una pandemia, una crisis energética y dos guerras.

Para él, uno de los desafíos es mantener una decisión de largo plazo cuando aparecen críticas o resultados que, en el corto plazo, pueden hacerla parecer equivocada.

Ese enfoque también empezó a modificar la manera en que Equinor forma a sus futuros dirigentes.

La compañía introduce dilemas empresariales complejos desde etapas relativamente tempranas de la carrera, incluso cuando muchos empleados todavía trabajan dentro de áreas muy específicas.

La intención es ver cómo responden cuando no hay una solución evidente y tienen que considerar problemas que exceden su especialidad.

Al final de una entrevista extensa, el periodista le señaló algo que había aparecido varias veces durante la conversación sin que estuviera entre las preguntas previstas.

Opedal había mencionado la seguridad en distintas respuestas.

Él contestó que es lo primero.

Su criterio es bastante sencillo: si una actividad no puede realizarse de manera segura, no vale la pena hacerla.

En su caso, la seguridad aparece tanto cuando habla de personas como cuando explica cuestiones técnicas. También está detrás del control de las fugas de metano, del funcionamiento de las instalaciones y de muchas de las decisiones operativas que toma la compañía.

Es una mirada bastante coherente con su formación de ingeniero y con el tipo de empresa que dirige desde 2020.

Opedal llegó a estudiar cómo interpretar señales. Casi tres décadas después de entrar a Equinor, buena parte de su trabajo sigue teniendo algo de eso: mirar datos incompletos, entender qué está cambiando y decidir antes de tener todas las respuestas.