Sanjay Mehrotra

Sanjay Mehrotra intentó tres veces conseguir una visa para estudiar en Estados Unidos y las tres se la negaron.

Tenía 18 años, venía de terminar dos años de facultad en la India y llevaba en la mano las cartas de admisión de universidades estadounidenses. Tres veces fue a la embajada y tres veces salió con el pasaporte sin sellar.

Su padre no se dio por vencido. Preguntó por el cónsul, le dijeron que estaba almorzando y se quedó a esperarlo. Cuando volvió, lo frenó en el pasillo y le pidió unos minutos. Mehrotra recuerda que tuvieron suerte porque el hombre podía haber seguido de largo, pero los hizo pasar a su oficina.

Adentro habló durante veinte minutos. Le explicó qué perdía su hijo si no podía viajar y también qué perdía Estados Unidos al rechazarlo. Cuando terminó, el cónsul tomó el pasaporte y le puso la visa.

Mehrotra lo cuenta como la mejor actuación que le tocó presenciar, y de ahí sacó la regla que repite desde entonces: si buscás el éxito, empezá por la tenacidad. Con una aclaración que casi nadie agrega cuando cuenta una historia así. Si ese cónsul no hubiera vuelto en ese momento, o simplemente no hubiera querido escuchar, la historia terminaba distinto. La suerte, dice, también jugó.

Hoy tiene 67 años, lleva más de cuarenta y cinco metido en la industria de los semiconductores y está al frente de Micron, la única fabricante de memoria de Estados Unidos, que este año superó el billón de dólares de capitalización.

Creció en una familia de clase media en la India, en una casa sin televisor ni teléfono. La primera heladera llegó cuando ya estaba entrando en la adolescencia. Sus padres criaron a cuatro hijos entre períodos de mayor y menor holgura económica, pero hubo algo que nunca se discutió: la educación iba primero. Los cuatro terminaron siendo ingenieros.

De su padre habla como de una fuerza de la naturaleza, alguien que sostenía sus valores aunque le costara caro. Dos ejemplos concretos. En los años sesenta, su padre decía que tenía cuatro hijos varones, aunque en realidad eran dos varones y dos mujeres. A su hija la mandó a estudiar ingeniería cuando casi no había mujeres en esas aulas. También era muy estricto con algo: no aceptar prácticas corruptas, aunque eso le trajera problemas. De su madre recuerda otra cosa, casi opuesta pero complementaria: la calma con la que atravesaba los momentos difíciles.

El desvío a Londres

Llegó a Berkeley sin conocer a una sola persona y sin alojamiento resuelto. Ahí terminó su carrera y su maestría.

En 1979, mientras buscaba trabajo, un profesor le sugirió probar en Intel. Entró al año siguiente y terminó en el equipo de George Perlegos. Ahí entendió algo que hasta entonces no había tenido tan presente: diseñar un chip era solo una parte del trabajo. También importaba cómo probarlo, qué calidad iba a tener y si podía fabricarse en volumen. Esa idea le quedó.

Dos años después pasó a Seeq Technology, surgida de Intel. Y en 1984 estuvo a punto de irse para crear la empresa que más tarde sería Atmel. No lo hizo por una conversación que terminó yendo por un lado completamente distinto a la tecnología.

Se había casado ese año y su mujer necesitaba entre uno y un año y medio para obtener la residencia y poder entrar a Estados Unidos. Mientras tanto, seguía en la India. Floyd Kvamme, presidente del directorio de Seeq, lo invitó a almorzar para convencerlo de que se quedara. Cuando entendió el problema, le ofreció otra salida: mandarlo a Europa, donde ella sí podía acompañarlo. Mehrotra aceptó enseguida y los dos se fueron a Londres.

Ese año como gerente de ingeniería de aplicaciones le cambió bastante la mirada. Por primera vez dejó de ver los chips solo desde el diseño y empezó a ver qué pasaba cuando llegaban al cliente, incluidos los problemas que aparecían al usarlos. La conclusión que sacó —que no se puede desarrollar tecnología en el vacío, sin el cliente adentro del proceso— es hoy uno de los valores declarados de Micron.

Después llegó SanDisk. La fundó en 1988 junto con Eli Harari y Jack Yuan, salió a bolsa en 1995 y siguió allí hasta que Western Digital compró la compañía en 2016 por unos US$16.000 millones. Al año siguiente asumió en Micron, cuando la acción cotizaba cerca de 30 dólares.

Cuando habla de cómo dirige, Mehrotra no se complica demasiado. Dice que piensa como ingeniero, mira mucho los datos y se mete en los detalles cuando cree que hace falta. También admite que en sus primeros años en SanDisk se metía demasiado en todo y que, cuando hace falta, todavía lo hace. Dice que en una industria donde la tecnología, los productos y los competidores cambian tan rápido, no alcanza con mirar el negocio desde arriba: también hay que entender qué está pasando en el detalle.

Es más bien callado. Y cuenta que muchas veces lo hace a propósito: escucha, deja pasar un momento, ordena lo que tiene delante y recién después decide.

“Usá más esa sonrisa”

La frase se la dijo su mujer hace años y él todavía la recuerda.

Se casaron en 1984, en un matrimonio arreglado por sus familias, y siguen juntos cuarenta y dos años después. Ella trabajaba como contadora y controller en empresas de tecnología, pero a fines de los noventa dejó su carrera para dedicarse a sus hijas. Mehrotra reconoce que, sin esa decisión, a él le habría costado mucho más sostener la suya.

Todo empezó después de su primera entrevista en televisión, que salió al aire de madrugada en la costa oeste. Cuando volvió a casa, su mujer ya la había visto desde la cama y le hizo un solo comentario: tenés una linda sonrisa, usala más seguido. Mehrotra no se olvidó más. Entendió que en esa entrevista había estado tenso y que la tensión se transmite, y desde entonces piensa en eso cada vez que habla en público.

También le enseñó a no responder de inmediato. Cuenta que esperar unos segundos antes de hablar le evitó más de una respuesta de la que después podría haberse arrepentido, sobre todo en momentos difíciles.

Sus dos hijas también terminaron siendo ingenieras y hoy trabajan en gestión de producto dentro de la industria tecnológica, aunque ninguna había pensado inicialmente en ese camino. Una empezó la universidad con la idea de estudiar medicina y la otra, políticas públicas. Durante años tampoco tuvieron muy claro qué lugar ocupaba su padre en la industria, porque en casa casi no hablaban de trabajo.

Mehrotra viajaba mucho y trataba de estar presente como podía. Recuerda, por ejemplo, haber ayudado a su hija mayor con un problema de álgebra lineal por teléfono, a la distancia.

Cuando le preguntan si se arrepiente de algo, dice que no. Pero sí reconoce lo que perdió en el camino: tiempo con su mujer, con sus hijas y, sobre todo, con sus padres.

Al final de una entrevista le preguntaron qué se pierde alguien que solo mira su currículum. Contestó dos cosas. Una respuesta fue en chiste. Un colega que dirige otra empresa de semiconductores le contó que, antes de conocerlo, se lo imaginaba alto. Mehrotra se ríe: no lo es. La otra fue más personal. En el currículum no aparecen su familia, sus hijas ni sus dos nietas —hay una tercera en camino—. Tampoco aparece que, cuando juega con la mayor, que tiene tres años, ella está convencida de que su abuelo tiene la misma edad.