
A Jamie Dimon lo echaron un domingo del banco que había ayudado a construir. El directorio ya había votado y el comunicado de prensa estaba listo.
Diez años después, ese mismo banco necesitaba un rescate y Dimon estaba del otro lado del teléfono, al frente de JPMorgan Chase.
El 13 de marzo de 2008 cumplía 52 años y cenaba con su familia en un restaurante griego de Nueva York cuando recibió una llamada. Bear Stearns, por entonces el quinto banco de inversión más grande de Estados Unidos, se estaba quedando sin liquidez. Si no aparecía una solución antes de la apertura del mercado del lunes, el problema podía extenderse rápidamente al resto del sistema financiero.
Dimon dejó la cena y se puso a trabajar.
Durante las siguientes 48 horas negoció, junto con el secretario del Tesoro Hank Paulson y Tim Geithner, entonces presidente de la Reserva Federal de Nueva York, la compra de Bear Stearns por parte de JPMorgan.
La primera oferta fue de dos dólares por acción. Un año antes, esos mismos títulos habían llegado a valer alrededor de 170.
Que todo empezara aquella noche en un restaurante griego tiene una coincidencia familiar. El abuelo de Dimon había llegado a Estados Unidos con el apellido Papademetriou y muy poco más. Lo acortó después de instalarse en el país, empezó trabajando como camarero y terminó como corredor de bolsa en Shearson.
En la casa de los Dimon, hablar de finanzas era bastante normal. Jamie tenía 14 años cuando empezó a leer Security Analysis, el libro con el que Warren Buffett había estudiado décadas antes.
Una carta que no ayudó
Dimon quería estudiar en Brown.
No entró.
Una de las versiones de su historia atribuye parte del rechazo a una carta de recomendación poco favorable escrita por la subdirectora de su colegio. Allí aparecían tres características: era terco, tenía problemas con la autoridad y tendía a juzgar demasiado rápido.
Terminó estudiando en Tufts, cerca de Boston.
Allí escribió un trabajo sobre una operación financiera diseñada por Sandy Weill, un ejecutivo que había empezado como mensajero en Wall Street y que, para entonces, ya se había convertido en una figura importante de las finanzas estadounidenses.
La madre de Dimon consiguió que el trabajo llegara hasta Weill.
Le gustó.
Poco después le ofreció a Jamie un empleo de verano.
Dimon siguió luego en Harvard Business School y se graduó dentro del 5% superior de su promoción. Cuando terminó, con 25 años, recibió ofertas de Goldman Sachs, Morgan Stanley y Lehman Brothers.
Rechazó las tres.
Prefirió trabajar como asistente de Weill. El sueldo no era lo que más le interesaba. Quería estar cerca de quien tomaba las decisiones.
Quince años con Sandy Weill
Durante los años siguientes, Weill y Dimon participaron en una larga serie de adquisiciones que terminó formando uno de los grupos financieros más grandes de Estados Unidos.
Empezaron en 1986 con Commercial Credit, una financiera de Baltimore dedicada al crédito al consumo. Después llegaron Primerica, Smith Barney, Shearson y Travelers.
En 1998, Travelers se fusionó con Citicorp y nació Citigroup.
Dimon tenía 42 años y era presidente de la nueva compañía.
Ese mismo año terminó todo.
En noviembre estaba en su departamento entrevistando candidatos cuando lo llamaron para que fuera a la oficina. Allí estaban Weill y John Reed, el otro copresidente del grupo.
Primero hablaron de cambios dentro de la organización. Poco después le pidieron que renunciara.
El directorio había tomado la decisión esa misma mañana.
El comunicado ya estaba escrito.
Dimon había trabajado con Weill durante quince años.
Firmó la salida esa misma tarde.
Meses después, cuando Fortune le preguntó cómo había vivido el golpe, respondió que había afectado su patrimonio, pero no su autoestima.
Durante el año y medio siguiente recibió varias propuestas. Entre ellas, una para trabajar junto a Jeff Bezos en Amazon y otra de Home Depot.
No aceptó ninguna.
Empezó a boxear, leyó biografías de Abraham Lincoln, Winston Churchill y otros dirigentes que habían atravesado derrotas importantes y, con el tiempo, invitó a almorzar al propio Weill.
Quería recomponer la relación con el hombre que lo había despedido.
Volver desde Chicago
En marzo de 2000 apareció una oportunidad bastante menos atractiva que las anteriores.
Bank One atravesaba una crisis. El banco, con sede en Chicago, acumulaba pérdidas y sus acciones habían caído más de un 40%.
Dimon aceptó hacerse cargo.
Además, puso una cantidad importante de su propio dinero en acciones de la compañía.
Empezó a recorrer el banco y a revisar operaciones una por una. Cerró sucursales que perdían dinero, redujo costos y reorganizó varias áreas.
Tres años después, Bank One informó ganancias récord.
En 2004, JPMorgan Chase compró la entidad por unos 58.000 millones de dólares. La operación estaba estructurada para que Dimon terminara ocupando el principal cargo ejecutivo.
En 2005 fue nombrado CEO. Poco después también quedó al frente del directorio.
Tres años más tarde llegó la crisis financiera.
Primero fue Bear Stearns. Después, en septiembre, quebró Lehman Brothers. Merrill Lynch terminó vendido de urgencia a Bank of America. AIG necesitó más de 180.000 millones de dólares de apoyo estatal.
También cayó Washington Mutual, que JPMorgan compró por unos 1.900 millones.
Citigroup, la compañía que Dimon había ayudado a construir antes de ser despedido, recibió más de 45.000 millones de dólares en asistencia y garantías federales sobre cientos de miles de millones en activos.
JPMorgan también atravesó la crisis, pero llegó en una posición bastante más sólida que muchos de sus competidores.
Dimon había mantenido más capital del mínimo exigido por los reguladores y había evitado algunas de las operaciones más riesgosas que se habían vuelto habituales en Wall Street.
Entre ellas estaban los CDO sintéticos que buena parte de la industria utilizaba en 2006.
Mientras otros bancos reducían el control sobre esos riesgos, Dimon pedía información con mucha más frecuencia. Quienes estudiaron después la gestión de JPMorgan durante aquellos años señalaron que recibía reportes de riesgo diariamente, no cada trimestre.
Sigue diciendo lo que piensa
Casi dos décadas después, Dimon sigue al frente de JPMorgan.
El banco administra alrededor de 4,9 billones de dólares en activos y él, con 70 años, continúa hablando con bastante libertad sobre temas que muchos ejecutivos prefieren evitar.
En un podcast reciente dijo que los mercados están subestimando algunos riesgos geopolíticos y fiscales, desde las guerras hasta el crecimiento del gasto militar en un momento de déficits elevados.
También contó qué haría con su propio dinero: hoy no compraría acciones estadounidenses ni bonos del Tesoro de largo plazo.
Al mismo tiempo, JPMorgan lanzó una iniciativa vinculada con lo que Dimon llama el “sueño americano”, que incluye financiamiento para pequeñas empresas y programas relacionados con vivienda y salud.
Su diagnóstico es que la movilidad social estadounidense se deterioró y que el país tiene cada vez más dificultades para hacer cambios importantes.
Eso no le impide seguir participando activamente de Wall Street.
Cuando SpaceX salió a bolsa, Dimon se presentó ante miles de clientes de altos patrimonios de JPMorgan para hablar de la operación, aunque su banco no fuera quien la lideraba.
El gesto llamó la atención incluso dentro del mercado. En Bloomberg señalaron que era poco habitual ver a un CEO de su nivel involucrarse personalmente de esa manera.
Décadas después de aquella carta escolar, algunas cosas no parecen haber cambiado demasiado.
Dimon sigue siendo terco, sigue chocando con la autoridad cuando cree que hace falta y todavía tiene fama de tomar decisiones rápido.
A los 17 años, esos rasgos no lo ayudaron a entrar en Brown.
A los 52, cuando sonó el teléfono durante aquella cena de cumpleaños, eran parte del hombre al que Washington decidió llamar.
