Franco Martínez Levis

Franco Martínez Levis dirige Puna Bio, una empresa que desarrolla productos agrícolas con microorganismos provenientes de ambientes extremos de la Puna.

Para explicar qué hace Puna Bio, Franco Martínez Levis recurre a un corredor que entrena en la altura. Cuando baja al nivel del mar, dice, puede rendir igual que los demás en condiciones normales. La diferencia aparece cuando el esfuerzo aumenta: tiene una preparación que lo ayuda a soportarlo.

Con esa comparación describe el trabajo de los microorganismos que su empresa lleva de los salares de la Puna a los cultivos agrícolas. Provienen de ambientes a más de cuatro mil metros de altura, con poca agua, escasos nutrientes, suelos salinos y una intensa radiación ultravioleta. Las características que les permiten sobrevivir allí pueden ayudar a una planta cuando atraviesa días de sequía o calor.

Martínez Levis, cofundador y CEO de Puna Bio, señala que incluso un lote de alto rendimiento puede pasar quince o treinta días bajo estrés. Según explica, durante esos períodos los microorganismos producen sustancias que ayudan a la planta a tolerar esas condiciones y reducir la pérdida de rendimiento.

La empresa nació en 2020, tiene sede en Tucumán y, según las cifras que presenta, sus productos se utilizan en entre trescientas mil y cuatrocientas mil hectáreas por campaña. Los inversores privados aportaron más de diez millones de dólares a la compañía. Corteva Agriscience lideró su ronda Serie A y la Fundación Gates participó como inversora minoritaria.

La investigación venía de antes

Cuando cuenta la historia de Puna Bio, Martínez Levis suele aclarar cuánto trabajo había antes de que existiera la empresa. Él llegó después de que María Eugenia Farías, Elisa Violeta Bertini y Carolina Belfiore, investigadoras del CONICET, llevaran más de dos décadas estudiando los ambientes de la Puna.

Las científicas querían entender cómo crecían plantas en condiciones tan difíciles. Encontraron que algunos microorganismos las ayudaban a tolerar la falta de agua, las temperaturas extremas y la escasez de nutrientes. A partir de ese conocimiento comenzaron a estudiar si podían hacer algo parecido por los cultivos agrícolas.

Martínez Levis venía de la consultoría y las startups y había cursado un MBA en Wharton. Se asoció con ellas para desarrollar el negocio. GRIDX, el fondo especializado en biotecnología, participó en la formación de la compañía.

Había que encontrar una manera de producir esos microorganismos en cantidad, conservarlos y ofrecerlos a un precio que tuviera sentido para el productor. También demostrar que los resultados podían sostenerse fuera del laboratorio.

De una muestra a un producto

Para empezar, el equipo recolecta plantas y pequeñas porciones de suelo en la Puna. De ellas se aíslan microorganismos que luego se estudian por separado. Martínez Levis explica que en un granito de suelo pueden convivir miles de bacterias y hongos; elegir cuáles seguir investigando lleva tiempo.

Primero se trabaja en el laboratorio. Después llegan las pruebas con plantas en invernadero, donde se observa si el microorganismo aporta nutrientes o ayuda a tolerar alguna condición de estrés. Los resultados deben comprobarse también en el campo.

Una vez seleccionado, todavía falta preparar la fórmula. El producto tiene que poder fabricarse, transportarse y permanecer almacenado sin perder su eficacia. Martínez Levis lo describe como un jugo muy concentrado de microorganismos.

Se aplica sobre las semillas junto con otros tratamientos habituales. Esa compatibilidad importa a la hora de venderlo: permite incorporarlo sin exigirle al productor que cambie toda su forma de trabajar.

Según los datos de la compañía, Puna Bio tiene unas cincuenta personas. Treinta y cinco trabajan en ciencia y dieciocho tienen doctorado. Conserva más de dos mil quinientas cepas para sus investigaciones.

El costo del nitrógeno

Kanzama, el producto para trigo y cebada, encontró una oportunidad cuando se encareció la urea. Los productores buscaban cómo complementarla y aprovechar mejor el fertilizante que aplicaban.

Puna Bio sostiene que el producto puede aportar mediante fijación biológica el equivalente a unos treinta y seis kilos de nitrógeno por hectárea. Martínez Levis se detiene, además, en cómo trabaja el microorganismo.

Según explica, puede fijar nitrógeno del aire, intervenir en procesos que permiten aprovechar el que ya está en el suelo y ayudar al uso de la urea aplicada. Disponer de esas alternativas le permite actuar de distintas maneras a lo largo del cultivo.

La fijación de nitrógeno del aire demanda mucha energía. Por eso, señala, poder recurrir a otras fuentes resulta útil cuando las condiciones cambian.

Para el productor, esa explicación necesita traducirse en una mejora que compense el gasto. La empresa calcula un retorno de entre seis y diez veces el costo del producto. Es una estimación propia, que depende de las condiciones de los ensayos y de cada establecimiento.

Tres años y medio para elegir una

Kunza, el bioestimulante para soja, algodón y poroto, lleva tres años en el mercado y fue probado en más de trescientas mil hectáreas, de acuerdo con Puna Bio.

Tyrix, el primer biofungicida de la empresa, surgió tras tres años y medio de pruebas con cincuenta tricodermas distintas. La seleccionada también proviene de un ambiente extremo.

La compañía afirma que logró resultados similares o superiores a los tratamientos químicos de referencia frente al complejo de enfermedades conocido como damping off.

Pasaron años de trabajo antes de que el producto estuviera listo para salir al mercado. Durante esos años hubo sueldos, ensayos y pruebas con candidatos que terminaron descartados. Incluso después de elegir el microorganismo quedaba trabajo para convertirlo en un producto comercial.

Corteva y la Fundación Gates

Corteva Agriscience encabezó la ronda Serie A. La Fundación Gates ingresó como inversora minoritaria, aunque no se informó el monto de su participación. Puna Bio también recibió apoyo de la Fundación Bayer y una distinción de Falling Walls Foundation en 2024.

Con la Fundación Gates trabaja en un programa dirigido a pequeños productores y agricultura familiar en África. Allí, además de comprobar los resultados agronómicos, hay que conseguir que la tecnología pueda utilizarse en establecimientos con menos recursos.

La compañía informó operaciones directas en Estados Unidos, Brasil y Paraguay, y planes para llegar a Europa, Australia y África mediante alianzas. En paralelo, amplía su laboratorio de Tucumán y prepara una instalación satélite en Estados Unidos.

Otro de los proyectos apunta a trabajar con las semilleras para que entreguen la semilla ya tratada. Así, el productor evitaría aplicar el producto antes de sembrar. Para ofrecer esa opción, la empresa debe asegurar que los microorganismos conserven su eficacia durante el almacenamiento.

Cuando habla de los obstáculos para la biotecnología argentina, Martínez Levis pone el foco en la economía y las regulaciones. Señala que esas condiciones afectan tanto la llegada de inversiones como la posibilidad de operar en otros mercados.

En su actividad, los plazos son largos: pueden pasar años entre las primeras pruebas y una venta. Durante ese tiempo hay que financiar el trabajo sin tener certeza de que el desarrollo terminará en un producto.