Horacio Marín

Horacio Marín es el presidente y director ejecutivo (CEO) de YPF, la mayor compañía energética de la Argentina. Ingeniero químico egresado de la Universidad Nacional de La Plata, con estudios de posgrado en Estados Unidos, conduce la empresa desde fines de 2023 tras casi cuatro décadas en la industria del petróleo y el gas. Bajo su gestión, la compañía acaba de anunciar el mejor trimestre de su historia. Pero cuando se le pide un balance, no arranca por los números.

“Sobre todo, por la pasión de la gente”, responde. Y explica que el cambio más profundo no fue técnico sino de dirección: haber fijado un objetivo que excede a la empresa, el de que la Argentina exporte más de 30.000 millones de dólares en energía. “No fui consciente de que un objetivo de país iba a ser tan fuerte”, admite. Hoy proyecta que esa cifra podría acercarse a los 50.000 millones hacia 2031, y que YPF será la mayor exportadora del país, de cualquier rubro, en la próxima década.

¿Por qué la Argentina no se va a parecer a Noruega?

Es una comparación que a Marín le hacen seguido y que descarta con precisión de ingeniero. Arabia Saudita produce diez millones de barriles diarios; la Argentina, calcula, puede llegar a un millón y medio o dos. Noruega tampoco sirve como espejo: tiene cinco millones de habitantes y consume una porción mínima de lo que produce. “Nosotros tenemos casi diez veces más población”, señala.

Hay otra diferencia estructural. En Noruega los recursos y sus rentas van a un fondo soberano del Estado nacional. En la Argentina, desde la reforma constitucional de 1994, los recursos pertenecen a las provincias. Es un dato que, según él, vuelve inaplicable el modelo.

Entonces, ¿con qué se compara? Con sí misma. Marín cree que hacia los años treinta y cuarenta el petróleo y el gas de Vaca Muerta van a funcionar como “la segunda turbina del avión argentino”, junto a la agroindustria.

El cuello de botella y el caño que lo destraba

Hay una paradoja que le gusta explicar. La Argentina alcanzó su récord histórico de producción de petróleo recién el año pasado, pero el pico anterior había sido en 1998. ¿Cómo se explica? Porque entonces producía desde cinco cuencas distintas, que fueron madurando y declinando. “Es como un vaso de agua: si me lo terminé de tomar, por más que me pidas más, no hay.”

Vaca Muerta nace como algo nuevo y sin infraestructura. Por eso el proyecto que YPF lideró y que Marín considera un hito no es un yacimiento sino un caño: el oleoducto Vaca Muerta Sur, la primera inversión de infraestructura energética hecha enteramente entre privados en el país. Reunir en una misma mesa a compañías que llevaban veinte años disputándose participación de mercado no fue sencillo. “No era fácil. Nunca se había hecho en la Argentina.”

La cuenta que sale de ahí explica el entusiasmo: para 2031, de cada tres barriles producidos en el país, dos serían exportables.

El proyecto que no va a ver terminado

La otra mitad de la ecuación es el gas natural licuado. Un primer esquema, junto a socios internacionales, permitirá exportar unos 2.500 millones de dólares anuales durante veinte años, con Alemania como primer destino. Pero el proyecto grande es otro: junto a la italiana Eni y la emiratí ADNOC, YPF encara una inversión del orden de los 24.000 millones de dólares que requerirá el mayor project finance de la historia de América Latina.

La escala del emprendimiento se entiende mejor en obra concreta. Un gasoducto de 48 pulgadas —más de dos metros de diámetro— desde Vaca Muerta hasta Río Negro. Un poliducto. Y una planta separadora de fluidos de unas 200 hectáreas, equivalente al 70% de la refinería de La Plata.

¿Y qué gana el que no tiene acciones de YPF? Marín responde con dos cosas: trabajo y energía barata. Sobre lo primero, recuerda que un yacimiento gasífero que desarrolló en su empresa anterior —”un octavo de lo que vamos a hacer ahora”— involucró a mil pymes, la mayoría del Gran Rosario y del conurbano bonaerense. Sobre lo segundo, explica que el gas asociado al petróleo quedará entrampado en el mercado interno, y eso, sostiene, presiona el precio hacia abajo.

Marín sabe que no verá el final de esa historia. Su ciclo, dice, termina en 2031, y ya identificó a cuatro vicepresidentes que podrían sucederlo. La pregunta obvia es por qué embarcarse entonces en un proyecto cuyos frutos plenos llegarán en 2045. Su respuesta es casi una definición de método: “Si vos querés trabajar para algo de corto plazo, no hacés nada”. Y agrega, con humor, que el día que un sucesor se siente a contar los resultados, lo único que espera es que hable bien de él.