A principios de 2021, en una entrevista con EconoJournal, le preguntaron a Horacio Turri qué gasoducto había que construir para dejar de importar gas. Turri contestó con una precisión que hoy incomoda un poco leer.
Dijo que la opción más barata y la que más sentido técnico tenía era el tramo Tratayén–Salliqueló. Que eso liberaba unos 20 millones de metros cúbicos diarios de gas en invierno. Después venía Salliqueló–San Nicolás, con otros 20. Que la gracia del proyecto era que se podía hacer en dos etapas, sin construirlo todo de una vez. Y que con eso se reemplazaban hasta 40 millones de metros cúbicos de gas importado: el de Bolivia y el que entraba por las terminales de regasificación.
Ese gasoducto se construyó. Lleva otro nombre, se inauguró con banda y se llama hoy Perito Moreno. Turri lo describió, tramo por tramo, cuando todavía era un papel.
En esa misma entrevista le preguntaron por petróleo. Contestó que Pampa tenía un solo bloque con potencial de shale oil, que ahí eran socios de Total, que habían perforado un pozo exploratorio con buenos resultados y estaban esperando para completar el segundo. Que un desarrollo así era caro, complicado, y requería acuerdo con los socios. Que estaba en carpeta.
El bloque se llamaba Rincón de Aranda.
Turri es ingeniero industrial del ITBA, con un máster en Economía y Finanzas de la UBA, y dirige el negocio de petróleo y gas de Pampa Energía desde julio de 2016. Tiene 65 años. Da pocas entrevistas y, según reconocen los propios periodistas que lo entrevistan, no le gusta hablar de sí mismo.
Cuando lo hace, sin embargo, aparece una historia que no se parece a la de sus pares.
Camiri
Turri se recibió y se fue.
Corría fines de los ochenta y Schlumberger recorría las universidades argentinas buscando ingenieros jóvenes dispuestos a irse a cualquier parte. Él tenía 23 años. Le tocó Escocia, el Mar del Norte. Después, por razones personales, pidió que lo acercaran a la Argentina: lo mandaron a Macaé, en Brasil. Y de ahí a Camiri, un pueblito metido en la selva boliviana, cerca de Santa Cruz de la Sierra.
Fueron dos años y pico de ingeniero de campo, viviendo al pie de la torre de perforación. Después decidió volver a Buenos Aires y encarar, en sus palabras, una etapa más tranquila.
Esa etapa duró treinta años y lo llevó a la conducción del negocio hidrocarburífero más grande que tuvo Pampa. Pero cuando le preguntaron qué le diría hoy a un chico de 24 años que duda si irse, Turri contestó lo mismo que les dice a sus hijos, que tienen esa edad: que hay experiencias que solo se pueden hacer en un momento de la vida, que uno se arrepiente de lo que no hizo, y que después van a tener toda la vida para trabajar detrás de un escritorio.
Lo dijo un hombre que estaba, en ese preciso momento, detrás de un escritorio.
El gas es lo que sabe
Entre Camiri y Pampa hay quince años que casi nadie le cuenta: la generación eléctrica. Dirigió Gener Argentina, condujo Hidroeléctrica Piedra del Águila y estuvo al frente de Central Puerto entre 2000 y 2008, atravesando el derrumbe de la convertibilidad y el congelamiento de tarifas. Durante todo ese tiempo fue un comprador de gas. Un cliente.
Eso explica por qué, cuando habla del negocio, lo hace en términos casi físicos.
Su argumento contra las importaciones es un ejemplo. No apela a la política ni a la balanza comercial: apela a la geografía. Un pozo de gas en Qatar, decía en 2021, llevar esa molécula a una planta de licuefacción, licuarla, cargarla en un barco, cruzar el Atlántico, descargarla en Escobar y volver a regasificarla no puede salir más barato que producir el gas en Neuquén y moverlo mil kilómetros por un caño hasta Buenos Aires. La Argentina, calculaba, estaba importando entre 1.500 y 2.000 millones de dólares al año en combustibles alternativos.
También tiene una imagen propia para explicar por qué no todo el gas es igual aunque la molécula sea idéntica. Los llama “paquetes de azúcar”: el contenido es el mismo, pero lo que cambia —y cambia todo— es cuánto cuesta producirlo y sacarlo. Por eso Pampa apostó al gas tight de El Mangrullo, un yacimiento que compró con las operaciones de Petrobras Argentina y que terminó dando una sorpresa: hoy casi el 90% de su gas sale de la formación Agrio, un reservorio que la compañía anterior apenas había asomado y que el equipo de Pampa aprendió a estimular. Turri lo llama, sin rodeos, un reservorio estrella.
Lo que se dio vuelta
Cinco años después de aquella entrevista, la conversación cambió de eje.
El gasoducto se hizo. Pampa está negociando ahora un prepago cercano a los 240 millones de dólares para asegurarse capacidad en su ampliación, y Turri anunció que la compañía sumará 10 millones de metros cúbicos diarios de producción de gas en tres años.
Pero lo que estaba en carpeta pasó al centro de la mesa. Pampa compró el 100% de Rincón de Aranda en 2023 —un área donde no había ni caminos— y el bloque, que hace dos años no producía nada, hoy bombea unos 27.000 barriles diarios. En junio de 2026 el Gobierno aprobó su ingreso al RIGI: 4.521 millones de dólares, el proyecto número veinte del régimen y la mayor inversión que Pampa haya hecho en un solo activo en toda su historia. La meta es un plateau de 45.000 barriles por día en 2027.
Aquel “requiere mucha inversión” de 2021 resultó ser una descripción bastante exacta.
Fuera del upstream, Turri es vicepresidente de Transportadora de Gas del Sur, preside CIESA y es vicepresidente de Compañía de Inversiones de Energía. Produce el gas y también se sienta en la mesa de la empresa que lo transporta. En Pampa comparte la conducción con Marcelo Mindlin, con Gustavo Mariani y con Ricardo Torres.
Hay algo que dijo en 2021 y que sigue siendo, probablemente, la mejor síntesis de su manera de pensar: cada año que pasa sin desarrollar Vaca Muerta es un año perdido, porque lo que no se saque hoy va a valer menos mañana. No lo planteaba como consigna. Lo planteaba como un costo de oportunidad, que es la forma en que un ingeniero con un máster en finanzas dice “apurate”.
