El domingo 26 de octubre de 2025 había elecciones legislativas en la Argentina y en Ripio no pasaba demasiado. Sebastián Serrano lo recuerda de una manera bastante más gráfica: “Rodaban los cardos”.
Unas semanas antes habían tokenizado el AL30, el bono soberano más operado del país. Eso permitía que siguiera comprándose y vendiéndose en blockchain aun cuando la Bolsa estuviera cerrada. El domingo electoral era una buena oportunidad para comprobar si aquello tenía una utilidad concreta o era solamente una posibilidad técnica.
Durante buena parte de la tarde pareció que la respuesta iba a ser la segunda. Recién cerca de las seis, cuando empezaron a conocerse los primeros resultados, apareció el movimiento. El AL30 comenzó a operar con fuerza y llegó al lunes con un precio formado antes de que abriera el mercado tradicional.
Hasta ese momento, durante un fin de semana electoral, quien quisiera seguir el humor financiero tenía prácticamente una sola referencia en tiempo real: el dólar cripto. Esa noche apareció otra. Había un bono argentino cotizando un domingo.
Por ahí pasa buena parte de lo que Ripio está haciendo ahora. La empresa nació en 2013 alrededor de Bitcoin, pero con los años fue sumando bonos, monedas locales, crédito y tecnología para otras compañías. Hoy dice llegar a más de 24 millones de usuarios en ocho países.
Serrano estuvo ahí durante casi todo el recorrido de cripto como industria. Vio a Bitcoin alcanzar precios que parecían imposibles y después perder buena parte de su valor, empresas enormes desaparecer en cuestión de días y competidores internacionales desembarcar en América Latina con planes que, una vez sobre el terreno, terminaron siendo bastante más difíciles de ejecutar.
Ahora cree que se acerca otro invierno cripto. Ya atravesó cuatro y, justamente por haberlos visto de cerca, piensa que este no necesariamente va a repetirse de la misma manera.
Choele Choel
Mucho antes de Bitcoin estuvo Choele Choel.
Serrano creció en esa ciudad de Río Negro, donde sus padres habían comprado una chacra. A los ocho años encontró una revista de computación y se enganchó con el tema. Empezó a insistir en su casa hasta que finalmente consiguieron una computadora.
Años después participó en el armado del primer proveedor de internet de la ciudad. Después se fue a La Plata a estudiar Física. Hizo tres años, se dio cuenta de que quería ir por otro lado y se cambió a Analista de Sistemas.
En 2007 armó una empresa de desarrollo de software. Empezaron trabajando desde la Argentina y con el tiempo consiguieron proyectos para startups de Silicon Valley. Ese vínculo terminó llevándolo también a vivir en Estados Unidos.
A Bitcoin empezó a prestarle atención en 2012. Todavía estaba lejos de ser un tema cotidiano en bancos, fondos de inversión o medios financieros. Fuera de ciertos grupos vinculados a la tecnología seguía siendo algo bastante extraño.
Un año más tarde fundó la empresa que terminaría llamándose Ripio.
El nombre salió de los caminos de la Patagonia. El ripio es la piedra que permite hacer transitable un camino que, sin ella, sería difícil de recorrer. La imagen les servía para explicar bastante bien lo que querían hacer: facilitar el acceso a una tecnología que por entonces estaba lejos de resultar sencilla para la mayoría.
En aquel momento era Bitcoin. Con los años llegaron los bonos, el crédito y las monedas locales. El negocio se amplió bastante, aunque esa idea inicial siguió estando ahí.
Un ciclo distinto
En este último ciclo hubo algo que Serrano esperaba y nunca terminó de aparecer con la intensidad de otras veces.
La euforia.
Bitcoin volvió a marcar máximos, llegaron los ETF, avanzó la regulación en Estados Unidos y grandes fondos empezaron a comprar de manera sostenida. Unos años atrás cualquiera de esas cosas habría parecido extraordinaria.
Lo que no se vio de la misma manera fue una entrada masiva de pequeños inversores.
En otros ciclos llegaba un momento en que mucha gente compraba simplemente porque tenía miedo de quedarse afuera. Se instalaba la sensación de que cualquier activo relacionado con cripto podía seguir subiendo y nadie quería llegar tarde.
Serrano esperaba que algo parecido ocurriera esta vez. No ocurrió, al menos no con la misma fuerza.
Para él hubo otro momento bastante más importante: el 10 de octubre. Ese día se produjo una liquidación enorme de posiciones apalancadas que, según sus cálculos, fue unas cinco veces mayor que la ocurrida durante la caída de FTX. Muchos operadores quedaron afuera del mercado en muy poco tiempo.
Eso cambia también la forma en que piensa una eventual caída de Bitcoin.
En los grandes inviernos anteriores llegó a perder alrededor del 75 u 80 por ciento desde sus máximos. Si repitiera algo parecido desde los US$120.000, podría acercarse a los US$40.000.
Serrano no cree que sea el escenario más probable.
Su argumento es que esta vez no hubo antes una euforia comparable con la de otros ciclos y que una parte importante del apalancamiento excesivo ya desapareció en octubre. También vio algo distinto alrededor de los US$100.000: inversores que llevaban años con Bitcoin empezaron a venderles a compradores nuevos.
Para él hubo un recambio importante de tenedores, no simplemente una carrera de gente comprando a cualquier precio.
Ripio tampoco consiguió anticipar el máximo. No vendieron cuando Bitcoin estaba en US$120.000 porque, admite Serrano, no lo vieron a tiempo. Empezaron a reducir posiciones cerca de US$110.000 y continuaron haciéndolo después.
Hoy la compañía mantiene alrededor de un 60 por ciento de su posición en monedas fiat y un 40 por ciento en cripto. Hacia fin de año planean empezar a cambiar nuevamente esa relación.
El primer activo tokenizado fue bastante menos exótico
Durante años, cuando se hablaba de tokenización, aparecían ejemplos como propiedades, obras de arte, campos o activos caros que podían dividirse en pequeñas participaciones.
La adopción a gran escala terminó llegando por algo bastante más conocido: el dólar.
Serrano considera que las stablecoins fueron, en los hechos, el primer gran activo del mundo real tokenizado.
La diferencia con Bitcoin también le parece importante. El precio de las criptomonedas puede atravesar ciclos muy bruscos, mientras que la cantidad de dólares digitales que circula por blockchain viene creciendo de una manera bastante más constante.
Eso lo llevó además a revisar una idea que durante años se repitió mucho dentro de la industria: que un activo necesariamente mejora cuando se tokeniza.
No siempre.
“Si algo es ilíquido, probablemente sea ilíquido por alguna razón”, dice.
Por eso Ripio eligió empezar con el AL30. Era un activo que ya tenía mucha liquidez y volumen antes de llegar a blockchain; no había que inventarle un mercado. Ahora trabajan sobre otros cinco activos argentinos.
El siguiente paso resulta bastante menos intuitivo: quieren tokenizar seis monedas latinoamericanas, entre ellas, el peso argentino, el real brasileño, el peso colombiano y el sol peruano.
Y en un país donde buena parte del interés por cripto nació justamente del deseo de alejarse del peso, la idea necesita alguna explicación.
Para qué serviría un peso digital
Serrano no discute que una parte importante de la adopción cripto argentina estuvo vinculada con la búsqueda de una alternativa al peso.
Pero cuando habla de tokenizar monedas locales no piensa primero en ahorro. Piensa en usarlas.
Hoy una persona puede depositar mil reales en una billetera y, después de conversiones y comisiones, encontrarse con 950 unidades de otro activo cuyo funcionamiento quizá ni siquiera conoce. Con una stablecoin denominada en reales, entra con mil y recibe mil reales digitales.
Para alguien que nunca usó cripto, es mucho más fácil entender qué está pasando.
Lo que más le interesa, sin embargo, es lo que podría ocurrir con el crédito.
Una persona que cobra en pesos y toma una deuda en dólares suma un riesgo evidente: si cambia el tipo de cambio, su deuda puede crecer mientras sus ingresos siguen denominados en la misma moneda.
Muchos protocolos cripto funcionan actualmente con una lógica parecida. El usuario deja Bitcoin u otro activo como garantía y recibe un préstamo en dólares.
Serrano cree que podría funcionar de otra manera: dejar Bitcoin como respaldo, pero pedir pesos, reales o soles. La deuda quedaría expresada en la misma moneda en la que esa persona cobra.
Todavía faltan muchas piezas para que eso funcione de una manera más amplia. Préstamos sin garantía, sistemas de scoring, mecanismos que permitan construir un historial financiero confiable dentro de blockchain.
Las monedas locales tokenizadas no solucionan todo eso. Para Serrano, simplemente resuelven una parte del problema que hasta ahora quedó bastante mal atendida.
“Esto no es Instagram”
Durante estos años Ripio también vio llegar a América Latina a competidores internacionales con muchísimo más capital.
Algunos se fueron. Otros siguen presentes, aunque con planes bastante diferentes de aquellos con los que habían desembarcado.
Serrano suele explicar el problema con una frase: “Esto no es Instagram”.
Una red social puede abrir en un país nuevo y funcionar prácticamente igual que en el anterior. En una plataforma financiera las cosas son bastante menos simples.
Hay bancos distintos, regulaciones diferentes, licencias, formas particulares de mover dinero y hábitos que cambian de un mercado a otro. Traducir la aplicación, en comparación, es la parte fácil.
Ripio mantiene equipos y licencias en los países donde trabaja. Podría sumar otros mercados, dice Serrano, pero no encuentra demasiado sentido en hacerlo solamente para aumentar la cantidad de países en una presentación corporativa.
Durante mucho tiempo, especialmente entre empresas tecnológicas, expandirse geográficamente parecía una prueba automática de crecimiento.
En finanzas no necesariamente funciona así. Cada país nuevo trae también una lista nueva de problemas y, si uno empieza a entenderlos después de haber entrado, probablemente termine pagando bastante caro ese aprendizaje.
El millón de dólares
Hay una predicción que Serrano sigue sosteniendo: Bitcoin podría llegar al millón de dólares antes de que termine la década.
Cuando desarrolla el argumento, sin embargo, Bitcoin tarda bastante en aparecer.
Su punto de partida es que muchos activos de riesgo están caros y que en algún momento puede producirse una corrección fuerte. Frente a una caída importante de la actividad, espera una respuesta bastante conocida: tasas más bajas, más liquidez y gobiernos tratando de evitar que la economía se frene demasiado.
Una parte de ese dinero termina habitualmente regresando a los activos financieros.
Hasta ahí, la historia es conocida. Lo que Serrano cree que puede alterar el próximo ciclo es la inteligencia artificial.
En otras recuperaciones, cuando volvía a haber dinero barato, muchas empresas retomaban proyectos, invertían y contrataban. Ahora una compañía puede invertir muchísimo dinero y destinar buena parte a centros de datos, software, automatización o robots.
Eso abre una posibilidad distinta: que vuelva la inversión sin que el empleo se recupere en la misma proporción.
Serrano no sabe si va a pasar. Tampoco intenta ponerle una probabilidad.
Lo que se pregunta es qué harían los gobiernos si la economía vuelve a recibir capital, las empresas vuelven a invertir y, aun así, buena parte de los puestos de trabajo no reaparecen.
Una respuesta posible serían nuevos estímulos y todavía más liquidez.
Si ese escenario terminara ocurriendo, dice, también cambiaría su cálculo sobre Bitcoin.
En ese contexto, el millón de dólares ya no le parecería necesariamente un techo.
