Juliana Cassataro

Juliana Cassataro encabezó el equipo científico que desarrolló la ARVAC Cecilia Grierson junto con el Laboratorio Pablo Cassará.

En marzo de 2020, mientras la pandemia de COVID-19 avanzaba, Juliana Cassataro y su equipo presentaron un proyecto para desarrollar una vacuna en la Argentina. Trabajaban en la Universidad Nacional de San Martín y recibieron un primer subsidio de seis millones de pesos. Todavía faltaban las pruebas en animales, los ensayos con voluntarios y la posibilidad de fabricarla a escala.

Tres años después, el 18 de octubre de 2023, la ANMAT aprobó la ARVAC Cecilia Grierson como refuerzo contra el COVID-19. La vacuna fue desarrollada por un equipo de la UNSAM y el CONICET junto con el Laboratorio Pablo Cassará. Desde 2024 está disponible en farmacias.

Para Cassataro, inmunóloga e investigadora del CONICET, el trabajo no terminó con una fórmula. El proyecto permitió recorrer etapas que van desde el diseño en el laboratorio hasta las pruebas clínicas y la producción en el país. La tecnología desarrollada también puede servir como base para trabajar en otras vacunas.

Una infancia en Mar del Plata

Cassataro nació el 26 de mayo de 1974 y creció en Mar del Plata con sus abuelos paternos. Ellos le regalaban libros sobre la naturaleza, que estuvieron entre sus primeros acercamientos a los temas que después estudiaría.

Sus padres fueron desaparecidos por las fuerzas de seguridad en 1977, cuando ella tenía tres años. Según se conoce públicamente, un tío abuelo las encontró a ella y a su hermana 46 días después. Cassataro ha contado que prefiere mantener esa historia separada de su trayectoria científica.

Estudió Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se recibió en 1998. Luego hizo un doctorado en Inmunología en la Universidad de Buenos Aires, que completó en 2003.

Dos años después ingresó al CONICET. Su trabajo continuó en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la Universidad Nacional de San Martín, donde dirige un laboratorio dedicado a la inmunología, las enfermedades infecciosas y el desarrollo de vacunas.

El trabajo anterior a la pandemia

Antes de que el COVID-19 llegara a la Argentina, Cassataro ya investigaba cómo mejorar la respuesta del organismo frente a las infecciones. Una parte de su trabajo estaba dedicada a los adyuvantes, sustancias que se incorporan a algunas vacunas para potenciar la respuesta inmune.

A lo largo de esos años publicó trabajos científicos y participó en desarrollos que dieron lugar a tres patentes internacionales. También recibió financiamiento de la Fundación Gates y distinciones como el Premio Bunge y Born, en 2014, y el Premio Houssay, en 2017.

Esa experiencia fue la base sobre la que trabajó su equipo cuando apareció el nuevo coronavirus. En marzo de 2020, el Ministerio de Ciencia abrió una convocatoria de emergencia para financiar proyectos relacionados con la pandemia. Cassataro y sus colegas presentaron una propuesta para desarrollar herramientas de prevención y recibieron seis millones de pesos.

Una vacuna hecha en la Argentina

Los primeros ensayos se hicieron en ratones. Los resultados alentaron al equipo a seguir adelante, pero para probar la vacuna en personas y producirla necesitaban sumar capacidades que no estaban solo en el laboratorio universitario.

A fines de 2020 se incorporó el Laboratorio Pablo Cassará, una empresa farmacéutica argentina. La asociación permitió avanzar hacia los ensayos clínicos y planificar la fabricación de dosis.

El equipo eligió una plataforma basada en proteínas recombinantes. Una de las razones fue que podía desarrollarse y producirse en el país. Además, la vacuna se conserva en heladeras comunes, una característica importante para su distribución.

La plataforma también permite modificar la fórmula frente a nuevas variantes. Según explicó el equipo, esa adaptación puede hacerse en unos tres meses.

En marzo de 2022, la ANMAT autorizó el ensayo de fase 1, en el que participaron 80 voluntarios. Los resultados de las investigaciones preclínicas fueron publicados en la revista Nature. En enero de 2023 comenzaron las fases 2 y 3, con miles de participantes en centros de distintas partes del país.

El 18 de octubre de 2023 llegó la aprobación de la ANMAT. La vacuna recibió el nombre de ARVAC Cecilia Grierson, en homenaje a la primera médica argentina.

Del laboratorio a los ensayos en personas

El recorrido incluyó una etapa poco habitual para un desarrollo nacido en una universidad argentina: llegar a probar una vacuna preventiva en seres humanos. Para hacerlo, el proyecto necesitó equipos de investigación, personal de salud, centros de estudio y voluntarios, además de la participación del laboratorio encargado de producirla.

Cassataro suele destacar ese trabajo colectivo. Entre las investigadoras del equipo están Karina Pasquevich y Lorena Coria. También participaron la UNSAM, el CONICET, el Laboratorio Pablo Cassará y los voluntarios que recibieron la vacuna durante los estudios.

Durante el desarrollo, Cassataro evitaba hablar del proyecto como una meta cumplida. Quería que la vacuna terminara el recorrido y pudiera llegar a quienes la necesitaran. En 2024 empezó a estar disponible en farmacias como refuerzo contra el COVID-19.

Una plataforma para seguir investigando

La tecnología utilizada para ARVAC no quedó limitada al coronavirus. El conocimiento y los procedimientos desarrollados por el equipo pueden aprovecharse para estudiar otras enfermedades y trabajar en vacunas adaptadas a nuevas variantes.

Para Cassataro, ese aprendizaje forma parte del resultado. El proyecto reunió investigación pública, ensayos clínicos y producción privada en la Argentina. También dejó equipos con experiencia en las distintas etapas necesarias para llevar una vacuna del laboratorio a su aprobación.

La investigadora recibió, entre otras distinciones, una mención especial L’Oréal-UNESCO y un Konex en 2023 por su trabajo durante la pandemia.

Al hablar de la vida científica, suele recordar que gran parte del trabajo transcurre entre dificultades: experimentos que no dan el resultado esperado, solicitudes de financiamiento rechazadas y artículos que necesitan volver a revisarse. Aun así, sigue eligiendo esa tarea. La ARVAC fue el resultado de años de investigación y del trabajo de muchas personas que se sumaron cuando apareció una enfermedad nueva.