En algún momento de 1974, en un internado de Kentucky, un chico de diez años limpiaba baños todos los días. Tenía el pelo largo, un acento taiwanés fortísimo y compartía cuarto con un tipo de diecisiete años, analfabeto, lleno de tatuajes y cicatrices. Se enseñaron cosas mutuamente: el chico le enseñó a leer y a escribir; el grandote le enseñó a hacer flexiones.
Sus padres lo habían mandado ahí creyendo que era una institución educativa prestigiosa. Habían vendido casi todo lo que tenían para pagar el viaje y los estudios. Era un reformatorio. Como no había plata para llamadas internacionales, la familia se comunicaba por correo postal: los hermanos grabaron una cinta contando qué hacían, la mandaban, los padres la escuchaban, grababan encima y la devolvían. Dos años así, con la misma cinta. No sobrevivió ninguna grabación.
Aquel chico es hoy Jensen Huang, fundador y CEO de Nvidia, la compañía más valiosa que haya existido. Tiene 63 años, conserva alrededor del 3% de las acciones de la empresa que fundó en 1993 en un restaurante barato de Silicon Valley junto a Chris Malachowsky y Curtis Priem, y con eso reúne una fortuna que superó los 200.000 millones de dólares. Casi todos los años manda un video para felicitar a los egresados de aquel reformatorio de Kentucky y les explica que, cuando uno cree que la está pasando muy mal, a lo mejor no es para tanto.
Seis meses de caja
Nvidia no fue un éxito rápido. En los noventa fabricaba gráficos para videojuegos y apostó por una manera de procesar superficies curvas; Microsoft, que dominaba la industria, apostó por los triángulos. Nvidia quedó en tierra de nadie y a punto de cerrar. La salvó Sega: una deuda que la japonesa tenía por procesadores comprados se convirtió en inversión cuando a Nvidia le quedaban seis meses de caja.
La segunda apuesta larga fue la que valió cinco billones de dólares. Huang venía diciendo desde hacía más de veinte años que la inteligencia artificial iba a cambiarlo todo y eligió la parte más difícil del problema: el hardware, las máquinas, la microelectrónica. Sus procesadores gráficos, pensados para trabajar en paralelo, terminaron siendo el cuello de botella que la industria necesitaba destrabar.
Es ingeniero eléctrico, formado en una universidad pública, con un máster en Stanford, y el único de los grandes nombres de la IA que viene del hardware. Su perspectiva, señala su biógrafo, el periodista Stephen Witt, empieza por el circuito que procesa electricidad y sube hasta la interfaz que usamos nosotros, al revés de la de casi todos los demás.
“Dejad que florezcan mil flores”
Preguntado por dónde debería empezar una empresa que quiere adoptar inteligencia artificial, Huang descarta el punto de partida obvio. No arranquen por el retorno de la inversión, dice, no porque no importe, sino porque al principio es imposible de calcular: nadie puede meter en una hoja de cálculo el rendimiento de una herramienta que todavía está aprendiendo a usar.
Su método es otro. En Nvidia, admite, la cantidad de proyectos de IA está fuera de control, y lo dice como un elogio. Usan de todo, desde Claude hasta Codex y Gemini. Cuando alguien de su equipo pide probar una herramienta nueva, la primera respuesta es que sí; recién después pregunta para qué. La comparación que usa es doméstica: a los hijos uno no les exige que demuestren de antemano que algo va a funcionar antes de dejarlos intentarlo, pero en el trabajo lo hacemos todo el tiempo, como si tuviéramos una bola de cristal. Sabe que en algún momento hay que ordenar el jardín, pero advierte contra hacerlo demasiado temprano. “Yo todavía no he empezado a podar”.
Esa tolerancia convive con una conducción bastante más áspera. Witt cuenta que un microchip salió con una falla y Huang convocó una reunión general en la cafetería, con miles de empleados presentes, hizo poner de pie al ingeniero jefe responsable y le gritó durante hora y media. Al propio biógrafo le tocaron veinte minutos de gritos. “Estoy intentando torturaros para llevaros a la excelencia”, se justifica. Lo curioso es el reverso: puede degradar a alguien varias veces, pero no lo echa. Según Witt, Huang no despide a nadie.
Donde sí es taxativo es en el centro del negocio. Sabe exactamente qué trabajo sostiene a su empresa —diseño de chips, ingeniería de software, ingeniería de sistemas— y ahí concentra todo. Por eso se asoció con Synopsys, Cadence, Siemens y Dassault, dueñas de las herramientas con las que Nvidia diseña, para meterles su tecnología adentro. “Me voy a asegurar de que tengan el 1000% de lo que pidan”.
“Mis preguntas son lo más valioso que tengo”
Entre las grandes figuras del sector, es prácticamente el único que nunca compartió el miedo. Considera que hablar de peligros existenciales es frenar el progreso apoyándose en fantasmas. Witt, que lo entrevistó durante meses, cree que es sincero y que se equivoca.
Su desconfianza está en otro lado, y ahí aparece su idea más interesante. Nvidia construyó su propio sistema de inteligencia artificial puertas adentro, en sus instalaciones, en lugar de usar la nube. El motivo no es técnico. “Mi propiedad intelectual más valiosa no son mis respuestas, son mis preguntas”, explica. Las respuestas son una mercancía; las preguntas delatan qué está pensando y qué considera importante. Eso, dice, quiere que pase en una sala chica y a puerta cerrada.
El otro frente donde no manda él es la geopolítica. Estados Unidos le prohibió vender a China sus procesadores de última generación, así que Nvidia diseñó chips específicos para ese mercado, menos potentes; en paralelo, China aceleró el desarrollo de los suyos. En mayo, mientras Huang viajaba a China junto a Donald Trump y otros ejecutivos, se conoció que Washington aprobaba la venta de sus chips H200 a diez empresas chinas y la acción subió más de un 4% en una jornada.
Ese día, Nvidia cerró con una capitalización de 5,7 billones de dólares, la más alta de la historia para una empresa que cotiza en bolsa, muy por delante de Alphabet y Apple. Sigue siendo la única compañía que superó los cinco billones.
