
Bitcoin perforó los 70.000 dólares después de haber tocado un máximo de 125.000, en una caída que, por velocidad, pega en el palo de ser la más dura de su historia. A Manuel Beaudroit, CEO y cofundador de Belo —el criptoneobanco argentino con 3,4 millones de usuarios en 11 países—, el derrumbe lo encontró aterrizando en Río de Janeiro, y su lectura fue menos dramática que la de las pantallas: después del pico de un ciclo vienen años de baja, el mercado hace sus limpiezas y, para el que mira a largo plazo, es una oportunidad de comprar barato.
Beaudroit sigue comprando pequeñas cantidades de Bitcoin todos los días, aunque el precio caiga. Usa una estrategia conocida como DCA, que consiste en repartir las compras a lo largo del tiempo, y guarda lo que compra con la idea de mantenerlo durante años. No intenta ganar con las subas y bajas de cada jornada. Reconoce que nadie sabe hasta dónde puede caer el precio.
Tampoco cuenta con una intervención de Estados Unidos. Cuando le preguntaron a Scott Bessent, secretario del Tesoro, si rescataría a Bitcoin, respondió que no tenía facultades para hacerlo. Tras esas declaraciones, el precio volvió a bajar. Beaudroit cree que estas caídas pueden atraer a figuras de la política: menciona a Nancy Pelosi como una posible compradora, aunque no afirma que haya entrado al mercado.
Mineros que se mudan a la inteligencia artificial
Sobre las causas de la caída circula una teoría que Beaudroit recoge con cautela: parte del poder de minería de Bitcoin está migrando a los centros de datos de inteligencia artificial, porque a los mineros les resulta más atractivo alquilar su capacidad de cómputo que seguir compitiendo por bloques. Eso hace caer el hash rate —el poder de procesamiento de la red— y termina repercutiendo en el precio.
A eso se suma un cambio estructural: Bitcoin dejó de moverse desacoplado y hoy sigue al sistema financiero global, atado a las tasas y al contexto macroeconómico. Los inversores institucionales que llegan a Bitcoin a través de los ETF estadounidenses compran participaciones en fondos que siguen su precio, sin tener que guardar la criptomoneda por su cuenta. Para Beaudroit, ese ingreso de dinero puede empujar la cotización y hace más difícil interpretar los ciclos del mercado.
El último halving, que reduce a la mitad la emisión de nuevos bitcoins, ocurrió en 2024. El próximo está previsto para 2028. Pero esta vez el precio no siguió el recorrido de los ciclos anteriores. Beaudroit cree que todavía falta entender cómo cambió el mercado y prefiere no dar por hecho lo que viene.
La inflación estadounidense, que acaba de marcar un 3,8% anual por el efecto de la guerra sobre los combustibles, juega para el otro lado: refuerza el papel de refugio de valor. Y su pronóstico de fondo sigue intacto: con un límite de emisión de 21 millones de bitcoins, entre cinco y seis millones perdidos para siempre y unos 14 o 15 millones en circulación efectiva, cree que el activo va a valer un millón de dólares en los próximos años.
El peso entró a la blockchain y paga un 25%
Mientras el precio acapara los títulos, la industria mira para otro lado. Beaudroit calcula que entre el 70% y el 80% de las conversaciones en Consensus, la conferencia del sector en Miami, ya giran alrededor de las stablecoins. Son monedas digitales como USDT y USDC, que buscan mantener el valor del dólar. Bitcoin y Ethereum, dice, dejaron de ocupar casi toda la atención.
Lo compara con TCP/IP, los protocolos que usamos cada vez que entramos a internet, aunque la mayoría no sepa qué son. En Belo ocurre algo parecido: los usuarios pagan con Mastercard o Visa, con QR en Argentina o, según cuenta, con Pix en Brasil, Bolivia y Perú. Colombia sería el próximo paso. Las criptomonedas intervienen en el pago, pero el usuario no necesita manejarlas. El comercio cobra en moneda local y el viajero se ahorra comprar dólares o cambiar dinero en el aeropuerto.
La segunda ola son los tokens de monedas locales. Belo compró el año pasado Num Finance y emitió ocho stablecoins de monedas de la región. En diciembre lanzó el token del peso argentino, que paga un rendimiento del 25% anual. Mucha gente depositó pesos, compró el token y viajó a Brasil a pagar con Pix. El dato que más repite Beaudroit: ese peso digital ya es el tercer token con mayor liquidez a nivel global, detrás solo de los del dólar, y le abre a cualquier persona del mundo la puerta a tener exposición a la moneda argentina. Si entran más compradores, la tasa baja, que es parte de lo que busca el Gobierno.
Regulación al palo y plata de Tether
Argentina llega a esta etapa con pergaminos. Beaudroit recuerda que la industria local es pionera en el mundo —en Silicon Valley llaman a Wences Casares el paciente cero, el que les contagió la idea de Bitcoin a inversores como Reid Hoffman hacia 2010— y que las crisis económicas entrenaron al argentino para valorar un activo escaso, descentralizado y que nadie le puede sacar. La regulación desembarcó en 2024 con el registro de proveedores de servicios de activos virtuales en la CNV; salió un poco a las apuradas, admite, pero hoy está entre las más progresivas del mundo. Lo que más le interesa es la norma de tokenización: la posibilidad de que una empresa emita sus propios tokens para juntar capital, un equivalente a salir a la bolsa en un mercado donde el crédito escasea.
El marco internacional acompaña. En Estados Unidos avanzan la GENIUS Act y la CLARITY Act, y la Reserva Federal estrena un presidente más amigable con el sector. Beaudroit, que viene de reunirse con inversores estadounidenses y asiáticos, percibe expectativas de un fuerte ingreso de capital a una industria castigada, hoy opacada por la inteligencia artificial, que se lleva toda la inversión. Incluso ahí ve una puerta: las eventuales salidas a bolsa de Anthropic y OpenAI, con capitalizaciones que califica de absurdas, generarían una liquidez que podría derramar sobre el sector cripto.
Belo juega esa mano con un socio nuevo. Tether, la creadora de USDT y la empresa más grande del mundo cripto, lideró su Serie A de 14 millones de dólares, y la compañía ya está comprando una empresa en México para seguir por el resto de Latinoamérica, con Asia y África en el radar.
