
Gastón Taratuta tenía treinta y seis años y estaba por firmar la venta de su empresa. Sony le ofrecía diez millones de dólares. Era 2008 y, además de pensar en la plata, se imaginaba leyendo la noticia en los diarios.
La duda apareció en el ascensor de su edificio de oficinas, en Brickell, Miami. Se encontró con una vecina que trabajaba en Architectural Digest y le contó adónde iba. Ella le preguntó la edad y le dijo que vender era una locura. Su compañía, le advirtió, tendría poco peso dentro de Sony: podían comprarla y después olvidarse de ella.
Taratuta entendía el argumento. Su negocio facturaba entre diez y quince millones de dólares, frente a los cuatro mil millones del área de televisión y cable de Sony. Pero diez millones seguían siendo una fortuna para él, y el comprador lo esperaba enfrente.
Se quedó en el lobby, hizo tres llamadas y cambió de decisión. Volvió a su oficina y avisó que no firmaría.
La negociación con Sony se retomó años después. En 2015, el grupo adquirió el 51% de la empresa con una valuación cercana a cien millones de dólares. Taratuta continuó al frente. Más adelante, la compañía pasaría a llamarse Aleph.
La beca que alguien pagó
Taratuta nació en 1972 y creció en Núñez. Se hizo hincha de Racing, aunque de chico iba a la colonia de River. Cuando habla de su casa, recuerda una convivencia desordenada que tenía su propia lógica.
Su padre fabricaba calzado y había bautizado la fábrica con el nombre de Gastón. En los años setenta le fue bien con los zapatos de corcho. Después sufrió un secuestro extorsivo y se enfermó. La situación familiar se complicó: su madre atravesó una depresión y sus padres se separaron.
Del primer colegio lo expulsaron después de un episodio en las vías del tren. Según su relato, metió la mano entre los rieles para sacar unas piedras que otra persona había puesto allí. Al recordarlo, reconoce que pudo haber terminado muy mal.
Después entró al Sholem, en Villa Crespo. Allí pudo seguir estudiando gracias a una beca cuyo benefactor nunca conoció.
Hay una conversación de esos años que todavía recuerda. Tenía catorce cuando alguien del colegio le avisó que, si el miércoles no se pagaba una deuda, no podía volver. Fue a la dirección y se puso a llorar. El director le dijo que regresara al aula y se quedara tranquilo.
Siguió yendo a clase. Nunca llegó a saber quién había puesto la plata, pero aquella ayuda le permitió continuar.
A los diecisiete se mudó con sus abuelos y vivió con ellos hasta los veintitrés. De esa época cuenta las noches mirando Yo me quiero casar, de Roberto Galán. Los tres se sentaban en la punta de la cama y él apostaba con su abuelo qué participantes terminarían juntos.
No agradece los problemas que tuvo de chico. Cree que le enseñaron a responder ante las dificultades, algo que llama “esgrima”, pero aclara que se puede progresar sin haber pasado por situaciones semejantes.
Sí reconoce que la inestabilidad le dejó una preocupación por asegurarse el sustento. Su idea de riqueza tiene bastante que ver con eso: contar con un patrimonio que genere lo necesario para vivir y no depender del ingreso del mes siguiente.
Quince billetes de veinte
El día que llegó a Miami lo recuerda con fecha y horario: 27 de marzo de 1996, a las diez de la mañana. A la una ya había empezado a trabajar.
Viajó con trescientos dólares. Eran quince billetes de veinte, guardados en un folio porque así le parecían más.
Un amigo del Sholem lo recibió en Miami Beach y le cobró alquiler desde la primera semana. Taratuta lo cuenta con agradecimiento. Había decidido irse para trabajar y mantenerse solo.
Combinaba el empleo con el MBA en Florida International University. Sus días podían empezar a las ocho de la mañana y terminar a las once de la noche, mientras encontraba cómo pagar las cuotas. Tiempo después volvió a la misma universidad para hablarles a los graduados.
Su entrada a Universo Online, la empresa brasileña de internet, fue sin experiencia en marketing digital. Aprendió dentro de la compañía y terminó a cargo de su operación internacional. También se convirtió en padre durante esos años.
En 2005 puso cinco mil dólares para abrir Internet Media Services, IMS. El trabajo consistía en representar medios y plataformas digitales en otros mercados. Con las incorporaciones y la expansión, ese negocio terminó convirtiéndose en Aleph.
La compañía informa presencia en más de 130 mercados y acuerdos con plataformas como X, TikTok, Meta y Spotify. Entre publicidad y pagos administra alrededor de cuatro mil millones de dólares y emplea a unas 1.600 personas.
En 2022, Taratuta recibió en Mónaco el EY World Entrepreneur Of The Year. Fue el primer argentino en ganarlo. Cuando subió a recibirlo, también habló de las ausencias que había acumulado durante el crecimiento de la empresa.
Las cosas a las que no llegó
Al recibir el premio, habló del costo personal de emprender y lo llamó toll: el peaje que había pagado. Se refería al tiempo que había pasado lejos de su familia y a las veces que, aun estando en casa, seguía ocupado con el trabajo.
Sus hijos le hicieron notar esas faltas. Le recordaron partidos de vóley y otros momentos que se había perdido. Él admite que ocurrieron.
Cuando intenta explicar por qué continuaba viajando, menciona las cartas de Napoleón a Josefina: le decía que la extrañaba, pero seguía con sus campañas. Taratuta reconoce esa contradicción en su propia vida. Quería estar con la familia y también quería seguir buscando negocios.
No lo atribuye a una exigencia ajena. La ambición era suya y era él quien elegía avanzar.
Durante la pandemia se separó después de veintitrés años de matrimonio. Por entonces, también temía que la empresa no sobreviviera. Tuvo que atravesar las dos incertidumbres al mismo tiempo.
Hoy tiene un hijo pequeño y trabaja de otra manera. Conservó parte de la rutina que se hizo posible durante el encierro y va a la oficina un par de veces por semana.
También dice que tardó en preguntarse qué quería hacer con lo que había conseguido. Para explicarlo usa un restaurante: uno debería elegir qué comer y después pagar. Él siente que durante años pidió el menú entero para decidir más tarde qué le interesaba. El costo de todo lo pedido quedaba.
La salud aparece entre las cosas que ahora le preocupan. Habla de estudios que se dejan para después mientras se llena la agenda con compromisos menos importantes. En una entrevista llegó a señalar que podía haber usado esa misma hora para ir al médico. Lo dice como alguien que también posterga, pese a saber que debería hacerse tiempo.
A quién llamó desde el lobby
Antes de rechazar la oferta de Sony, Taratuta buscó tres opiniones.
Marcos Galperin le recomendó aceptar. Ignacio Vidaguren, que trabajaba en Mercado Libre y todavía no era su socio, quiso saber qué haría después de vender. Coincidía con la vecina del ascensor: no veía tan claro que fuera el momento de salir.
Su mujer escuchó los dos argumentos y le dijo que ambos tenían sentido. La decisión, le señaló, tenía que tomarla él.
Taratuta se quedó con la empresa. Siete años más tarde llegó el acuerdo por el 51%, con una valuación mucho mayor.
Al terminar de contar la historia suele agregar que les tiene miedo a los ascensores. Quedar encerrado lo desespera. Aun así, se acuerda de aquella conversación con una mujer que, durante un trayecto de pocos pisos, le preguntó por qué estaba tan seguro de querer vender.
