
Sergio Faifman entró a Loma Negra como pasante hace más de 30 años. Pensaba quedarse seis meses, pero siguió haciendo carrera dentro de la empresa y hoy es su CEO. Le toca conducirla en el año de su centenario: Alfredo Fortabat la fundó en Olavarría en 1926. Para explicar cuánto creció desde entonces, Faifman suele señalar que más de la mitad de lo construido en la Argentina lleva cemento de Loma Negra.
Contador público por la Universidad de Buenos Aires y con un MBA de la Universidad del CEMA, Faifman hizo toda su carrera dentro de la organización: pasó por impuestos, contraloría, una etapa en Brasil, las finanzas y la logística antes de asumir como director general en noviembre de 2016. Hoy, con casi una década al frente, conduce a la cementera en un momento bisagra: los 100 años de historia y el regreso de la compañía a manos argentinas, con nuevos accionistas que ratificaron a todo el management y a su CEO para encarar el próximo siglo.
¿Cómo llegó Faifman a Loma Negra?
La historia empieza 32 años atrás, cuando un Sergio de 20 años que vivía con sus padres trabajaba recómodo en un estudio contable a tres cuadras de su casa. Cursaba el primer año de la facultad y lo que le gustaba eran los impuestos. Una profesora le comentó que Loma Negra estaba buscando gente y lo animó a presentarse. Consiguió una pasantía de seis meses y aceptó pensando que, a lo sumo, se quedaría un año. Venía de un estudio pequeño y el negocio del cemento le resultaba desconocido. La pasantía se fue extendiendo y, con el tiempo, Loma Negra lo contrató de manera permanente.
Hizo toda la carrera universitaria trabajando, con cenas canceladas, sábados y feriados en la oficina y anécdotas que lo pintan de cuerpo entero: una madrugada se fue a las dos de la mañana, volvió a las nueve y su jefe, en vez de felicitarlo, le señaló que había que afeitarse. La conexión con el producto llegó después, cuando pisó por primera vez una fábrica y dimensionó lo que había detrás de cada bolsa: «El hormigón es el segundo material más utilizado en el mundo después del agua. Una ruta, un puente, un hospital, una casa: todo tiene cemento».
Faifman cuenta que nunca había imaginado llegar a dirigir Loma Negra. Veía la dirección como un lugar al que no creía poder llegar. La posibilidad empezó a tomar forma a su regreso de Brasil, donde se desempeñó como contralor corporativo del grupo. En 2016 llegó el nombramiento, y con él una exposición a la que todavía se está acostumbrando: caminando por Frías, en Catamarca, un desconocido lo saludó a los gritos desde un auto —«Te veo todos los días en la televisión»— por los videos internos que se proyectan en las fábricas.
Puertas abiertas, autonomía y cero obsecuencia
Su estilo de liderazgo se forjó observando: «Tuve la suerte de tener muy buenos jefes y algunos no tan buenos. De los dos vas aprendiendo: de las cosas que te gustaría ser y de las que no. Muchas veces terminás aprendiendo más de un mal jefe que de un buen jefe», reflexiona. El resultado es un CEO que delega de verdad: le gusta que la gente tenga autonomía, innove y hasta se equivoque, porque «parte de que se equivoquen es también que crezcan».
La puerta de su oficina está literalmente abierta «el 99 % de las veces», y cualquiera —un director, un analista o un becario— puede pasar a saludarlo o consultarlo. Pero si hay algo que no tolera es la obsecuencia: «Me molesta mucho que me digan todo que sí. Para eso no consulto con nadie: me consulto en el espejo», dispara. Desde joven, cuenta, le dijo lo que pensaba a gente con posiciones mucho más altas que la suya: «Si la pared es negra, es negra. Prefiero que alguien que no coincide te lo diga con sinceridad y con respeto; si no, no le sirve ni a la compañía ni a vos».
El peso —y el orgullo— de conducir una empresa de 100 años
Faifman lleva casi un tercio de la vida de Loma Negra en la empresa y cerca de diez años al frente. El centenario lo hace volver a una pregunta que se planteó cuando asumió: qué cambiar en una compañía que ya era líder y tenía buenos resultados. Dice que conducirla le da orgullo, pero también lo obliga a pensar cómo sostener y mejorar lo que recibió.
Loma Negra atravesó las sucesivas crisis económicas argentinas sin perder el trato con quienes trabajan para ella o compran sus productos. Según Faifman, algunas de esas relaciones comerciales llevan cinco o seis décadas. Explica que cuidan a sus proveedores y buscan que los acuerdos sean convenientes para ambos, en lugar de concentrarse únicamente en pagar menos. También recuerda que muchos clientes valoran el apoyo que recibieron de Loma Negra cuando atravesaron dificultades.
Imagina a Loma Negra dentro de cien años y desea que siga siendo un lugar donde las personas sean valoradas y los acuerdos se cumplan.
«Primero el esfuerzo, después la posibilidad»
Cuando le preguntan cómo llegó de pasante a CEO, Faifman habla del trabajo, la dedicación y las ganas de progresar. Cree que primero hay que demostrar lo que uno puede hacer, incluso antes de que aparezca la oportunidad de ocupar otro puesto. Lo explica con una comparación futbolera: para darle la pelota a alguien, primero necesita haberlo visto jugar.
En las charlas con los equipos de las fábricas insiste con el mismo mensaje: las jerarquías son circunstanciales. «Todos somos personas, todos tenemos las mismas oportunidades. Yo cuando entré a esta compañía no pensé en llegar a donde estoy, con lo cual las oportunidades pueden ser para cualquiera», dice.
Al recordar sus primeros días como pasante, dice que al Faifman de entonces le aconsejaría no cambiar su manera de ser y mantener la dedicación al trabajo. Y vuelve, en broma, sobre aquella mañana en la oficina: le diría al joven que no se preocupe tanto por afeitarse.
